El juego del miedo
Puerta Real ·
El más ignorante, el más injusto y el más cruel de los consejeros es siempre el pánicoEsteban de las Heras
Domingo, 8 de noviembre 2020, 01:27
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El más ignorante, el más injusto y el más cruel de los consejeros es siempre el pánicoEsteban de las Heras
Domingo, 8 de noviembre 2020, 01:27
Aparte de que hay modos mucho más elegantes para decir lo que dijo la ministra Irene Montero –aquello de «yo me meto en la cama ... con quien me da la gana»–, tengo que reconocer que la criatura o va de farol o tiene algún don sobrenatural que ignoramos. Porque no conozco a ningún varón de mi generación que no estuviera enamorado de Marilyn Monroe, pero todos ellos se quedaron con las ganas de oler el Chanel número 5 que la diosa de Hollywood se ponía para dormir. Y lo mismo podría decir de mujeres a quienes les quitaba el sueño la mirada azul de Paul Newman. De la frase de la ministra se desprende que, cuando se consigue un estatus de privilegio, aparecen en el horizonte mundos desconocidos para los demás mortales, unos nuevos jardines de Babilonia donde sestean sus excelencias.
Si alguien duda todavía de que existe esa raya, de ese límite que separa a inquilinos y huéspedes de La Moncloa del resto de la nación, no tiene más que recordar el pleno del Congreso de hace diez días, en el que 'el César' Sánchez se permitió la chulería de dejar con la palabra en la boca a los representantes del pueblo, avisando de que iba a pasar toda la temporada de invierno lejos del Congreso de los Diputados. Esta fechoría, que sus adictos acogieron con fruición y que no tuvo la respuesta que las circunstancias exigían por parte de la endeble y pacata oposición, convirtió a la cámara de la Carrera de San Jerónimo en un aprisco de ganado segureño. En la prensa, solo algunas pocas plumas, que todavía anteponen la independencia de criterio frente a los acomodaticios sofás de paniaguado, han tenido la valentía de denunciar esta dentellada lanzada contra la Constitución.
Metidos en faena, poco les ha costado a monclovitas y 'frankensteines' seguir mordisqueando las páginas de la Carta Magna y, entre otras menudencias, estos días buscan cómo suprimir la enseñanza del idioma español en las cortijadas independentistas. Por si ello no bastara, anuncian la creación del ministerio de la verdad, que se encargará de husmear e investigar en las redes y en los medios para detectar a los críticos o disidentes. Lo visten con ropajes de objetividad, pero hasta el más lerdo se da cuenta de que esto tiene un tufo inquisitorial tan insoportable como la desagradable pestilencia de la Alemania Oriental de Erich Honecker.
Todos estos desgarrones en la manta que hasta ahora nos arropaba, vienen a rebufo del coronavirus. Esa descomunal desgracia sobrevenida a la que le están sacando todo el jugo que produce el miedo. Porque el miedo aterra y paraliza. Bien lo sabe Iván Redondo, el gurú de Sánchez. Las cifras de contagios y muertes se graban a fuego en el cerebro. Ante la imagen de ese mal bicho coronado, que nos rompe por dentro, aceptamos cualquier medida que se tome para atajar el contagio, porque en esta sociedad hedonista nadie quiere morirse, aunque todos terminaremos palmando. No hay que olvidar que el miedo es el más ignorante, el más injusto y el más cruel de los consejeros, según el filósofo irlandés Edmund Burke. También yo tengo miedo, por supuesto, pero lo que de verdad me aterra es que al paso que vamos, cuando despertemos del coronavirus, el país al que el griego Estrabón definió como una piel de toro sea la imagen de un cordero degollado.
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