La política española ha inmovilizado el movimiento, de forma que está estática, inmóvil, aunque parezca moverse. Sería como si un atleta fosilizase en pleno salto. ... Los diputados disecados justo en el momento en que aplauden histéricos sería su mejor representación. Los guerreros chinos de terracota, pero como un hemiciclo eternizado por taxidermistas.
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A nuestra política embalsamada la caracteriza también su uniformidad. Da igual que haya elecciones o no, que sea época de bonanza o de crisis económica, que tengamos salud o azote una pandemia. Está siempre de campaña electoral. Sin pausa. Y sin más pauta que la agresividad.
Otra singularidad: la principal actividad del gobierno es criticar constantemente a la oposición. Le echa en cara que le reprueben y que sean de derechas, no como ellos que son progresistas, y por tanto gente superguay. Según criterio del gobierno, la principal función de la oposición es no oponerse y apoyarlo.
Como es una política muy confusa, una parte de los apoyos del Gobierno, e incluso miembros del propio Gobierno, critican aspectos fundamentales de la política gubernamental; sin embargo, eso no recibe reproches de los mandamases gubernamentales, que les dedican loas y abrazos, en tanto los tiene. De esta forma, la agresividad es bipolar y forzosa; no está provocada en sí misma por los desacuerdos, sino que salta para marcar distancias e incompatibilidades. Sobre todo, no quieren que los llamen flojos, así que todos creen que su deber es la embestida, lo de menos es fijarse en qué materia y no cuenta la contradicción de tener tragaderas de escándalo con sus socios y fijación obsesiva con cualquier bagatela de la oposición. Lo importante es arremeter, vilipendiar.
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La agresividad es asimétrica. Se ama al adjunto, aunque no colabore, y denigra al contrario incluso si actúa como un tierno corderito. En realidad, cuesta ver en la oposición el monstruo que pinta el gobierno, pues las bases, los cuadros y los mandos de unos y otros son bastante parecidos, así como la incompetencia y la tendencia a la gestión distraída. En estas condiciones, se desprecia la lógica argumental y olvidan las acciones propias. Lo primero, porque exige establecer relaciones causa-efecto y eso cuesta; se olvidan las gestas propias, porque, al ser similares a las que se condenan, chirriaría el argumento.
Además, la política española se desplaza hacia la diatriba moral. Los oyes y tienes la impresión de que el mundo ha perdido grandes misioneros, pues les gusta predicar y al parecer quieren convertirnos, a fuerza de identificarse con el bien y separarse del mal, Satán, o sea, los contrarios. De ahí también la prioridad de los argumentos infantiles, simplones, dirigidos hacia ciudadanos en los que ven gente que no tiene criterio propio ni capacidad de raciocinio, como si fuesen humanoides disecados en posición de escucha y obediencia. Tiene lógica esta característica. Se debe a que los miembros de los partidos piensan que los ciudadanos son como ellos, pero todavía más tontos: vagos, crédulos, sin conocimientos y necesitados de que los pastoreen.
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