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Ha pasado casi un mes desde que se falló el Premio Planeta, con un cierto revuelo sobre la autoría de la novela premiada, pero, como ... ocurre en tantos casos, una noticia sucede a otra y ésta envejece en cuestión de días; todo es tan efímero y tan posible que parece que no tiene consecuencias; todo es presente, todo dura un momento, todo se olvida. No sé si del Premio Planeta se recuerda más que este año había aumentado su cuantía, que lo ha ganado una obra presentada bajo seudónimo o que la autora es una mujer de ficción que ya había escrito otras novelas; descubrir la identidad de Carmen Mola me pareció una burla y no entiendo las razones que han llevado a los autores reales a la creación de este personaje.
En primer lugar, no son los hombres sino las mujeres quienes llevamos siglos luchando por la autoría y la autoridad en el mundo de las letras, escribiendo en el salón familiar como Jane Austen, reivindicando la habitación propia -y cincuenta libras, no lo olvidemos, que es la independencia económica- como Virginia Wolf, retiradas en un convento para seguir estudiando como Sor Juana Inés de la Cruz, incomprendidas e ignoradas por tener la osadía de tomar la palabra y construir el mundo con las letras y, por eso, las que hoy podemos escribir -no todas igual en todos los lugares del mundo- nos sentimos solidarias con las mujeres de siglos que nos habitan, como expresa Gioconda Belli. Los hombres no han vivido ninguna de estas luchas y es verdad que no todos tienen las mismas oportunidades –ésa es la contradicción de clase– pero recordemos al esclavo Antonino de la película Espartaco recitando hermosos poemas.
En segundo lugar, no son las mujeres las que tienen más posibilidades de obtener un premio literario. Hace unos años, la escritora Nieves Álvarez señalaba esta dolorosa discriminación en el ámbito de la Literatura: de cuarenta y ocho premios de poesía convocados entre los años mil novecientos veintitrés y dos mil dieciséis, los varones han ganado el ochenta y dos por ciento y la participación de las mujeres en los jurados de esos premios no ha alcanzado ni el dieciséis por ciento. Si hablamos del Premio Planeta, solo lo han obtenido un veinticinco por ciento de escritoras desde su fundación, en mil novecientos cincuenta y dos. Por lo tanto, una mujer que escribe no tiene ninguna ventaja sobre un hombre y un nombre de mujer no abre la puerta a ningún privilegio.
Pero parece ser que el porcentaje de mujeres que lee es más alto que el de los hombres; que compramos, intercambiamos y hablamos más de libros y participamos, en mayor número, en los distintos talleres de lectura que hay repartidos por nuestras ciudades y pueblos.
Yo pienso, además, que las mujeres, consideradas durante siglos objetos literarios, celebramos ser sujetos, artífices de un mundo que queremos explorar y compartir y que muchas entendemos la Literatura como un espacio para crear conciencia, para profundizar en las contradicciones y tratar de cambiar el mundo. Pero sabemos que, desde hace décadas, la Literatura es, en gran medida, un espectáculo, un bien de consumo, una industria que tiende a concentrarse en grupos de poder y ahí puede estar la explicación: si las mujeres somos «consumidoras» de libros escritos por mujeres, nos acercaremos, al menos en principio, a la obra de Carmen Mola que, hasta hace un mes, era una profesora que vivía en Madrid, con un nombre muy español y un apellido que es la tercera persona del singular del verbo 'molar', incluido en el diccionario de la Real Academia de la Lengua desde hace veinte años; significa «gustar, agradar mucho» y, seguramente, es lo que perseguirían los autores. A mí, en cambio, me parece que todo eso forma parte de la literatura como espectáculo o, más aún, que del espectáculo se hace literatura y, desde luego, no me mola nada.
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