La tolerancia y la maldad
Tribuna ·
La Europa de la socialdemocracia se mueve en una tolerancia estúpida con el intolerante, mientras favorece lo políticamente correcto, que propagan por los medios de comunicación y desde las escuelasTribuna ·
La Europa de la socialdemocracia se mueve en una tolerancia estúpida con el intolerante, mientras favorece lo políticamente correcto, que propagan por los medios de comunicación y desde las escuelasAnte los acontecimientos, que nos ofrece la parte más vil y despreciable de esta sociedad, se puede decir que no son pocos los espectáculos bochornosos ... que nos obligan a soportar como los que podemos ver en los recientes acontecimientos de enaltecimiento de la violencia por parte de componentes del Gobierno en relación del mamarracho rapero Pablo Hasel –que no es un hecho aislado–, sino premeditado. Ante esta realidad, se puede responder con las palabras de Karl Popper, que nos dice que no se puede tolerar a los intolerantes que están en contra de la libertad. Se refiere a la necesidad de frenar a los revolucionarios comunistas, pues las democracias deben tener límites. Sobre estos hechos se puede decir muchas cosas y todas desagradables, pero es incomprensible que, pretendiendo defender la libertad de expresión, se pueda ir, desde las instituciones, contra sentencias judiciales. Desde esta realidad, es miserable disculpar a un delincuente e impresentable sujeto que amenaza a todo el mundo de muerte y desprende odio, pero se le adorna de rapero y nada se dice del odio que destila ni de su estancia en Venezuela para denigrar a nuestra acomplejada democracia. Así, los que los que disculpan estos hechos carecen de planteamientos éticos y democráticos. Pero sin planteamientos éticos el homo sapiens está perdido, en esta confusa vida, al quedar sin brújula moral que lo oriente.
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Al homo sapiens no le queda más remedio que convertirse en homo ethicus, puesto que necesita diseñar un mundo habitable, en el que es necesario elegir el bien para no acabar mal y, sobre todo, respetarse a sí mismo y respetar la realidad, a la que no se la puede obviar. Oír hablar a estos personajes es adentrarnos en las profundidades de la miseria moral, en la que el odio se impone al amor e imposibilita que el ser humano mejore. El siglo XX y sus terribles momentos de locura totalitaria con el comunismo y el nacionalsocialismo, que avergonzó al homo éthicus, parecía haber sucumbido en 1989, pero no, como decía Ganivet, la inmunda democracia y sus tolerancias ha dejado crecer, otra vez, el odio y a los demagogos. Vivir en el relativismo moral tiene estas consecuencias. Hay que saber que, en todas las culturas, existen deberes y derechos entre padres e hijos, se valora la gratitud, la lealtad, la compasión, se valora la vida, la imparcialidad del juez y se desprecia la mentira. Nada de esto, hoy, es valorado, pues vivir en el relativismo supone valorar la conducta a la carta, del 'todo vale', que cada uno haga lo que quiera, como si la sociedad fuera el conjunto de los microgrupos egoístas; desde esa idea de la tolerancia, todo es confusión, pues no todo es aceptable ni posible, con lo que los conflictos aumentan. Esta postura condena como represiva a toda moral, mientras exigen la felicidad a su manera, ya sea haciendo el mal, destrozando o robando. Sobre estas ideas de la tolerancia, son muchos los que han hablado, pero el bienestar nos nubla la razón y el sentido común.
La Europa de la socialdemocracia, se mueve en una tolerancia estúpida con el intolerante, mientras favorece lo políticamente correcto, que propagan por los medios de comunicación y desde las escuelas. La tolerancia represiva, como dice Vanessa Vallejo, consiste «en la estrategia de la izquierda con la que domina el mundo», a base de esconder las maldades de la ideología marxista con las que han conseguido el engaño masivo y la ignorancia de lo que han hecho y destrozado, siempre, y con las que Gramsci buscó destruir los valores occidentales con la ayuda del 'Club de los Inocentes', que son 'artistas', profesores, periodistas, políticos, militantes, etc. Sus capacidades para el engaño son de tal perversión que han conseguido que se les vea como alternativa hacia lo mejor, con las que llegan a convencer a sus contrarios que, ellos, son los razonables, mientras los que defienden la libertad, la propiedad, el comercio libre, la vida, la ley y evitar el mal, son los explotadores y perversos.
Lo terrible de todo esto, es que, en muchos casos, acaban colaborando con ellos para imponer otros modos de vida o sistema político, que en nada mejora la sociedad ni a los individuos, pues sus personajes no están en la ética ni en la moral ni en el deseo de vivir en el respeto. Así pasó, cuando las derechas colaboraron con los republicanos, socialistas o comunistas, para derribar la Monarquía en 1931 e instauran un periodo terrible, que acabó en el más espantoso de los sistemas, en la que la propiedad, la libertad, los derechos personales brillaban por su ausencia y la violencia imperaba sin control.
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La preocupación del mundo de hoy es la inconsciencia del mal y su invisibilidad. En este sentido Thomas Mann llega a decir: «La tolerancia es un crimen cuando lo que se tolera es la maldad». Hay que recordar las palabras Séneca cuando afirma: «Debemos combatir el mal, no con la intención de hacerlo desaparecer, sino para mantenerlo a raya». ¿Lo estamos haciendo? Creo que no, al contrario.
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