

Secciones
Servicios
Destacamos
Edición
luis gómez
Martes, 23 de junio 2015, 00:27
Con más de 600 portadas a sus espaldas, Linda Evangelista (Ontario, Canadá, 1965) es una estrella en el arte de rebobinar el pasado. Fue una de las modelos mejor pagadas de la primera generación de tops. El camaleón, como se la conocía, no se levantaba de la cama por menos de 10.000 dólares al día. También fue la mujer sin pelos en la lengua que lideró la cuadrilla más poderosa de la moda. Comandó una generación irrepetible junto a Naomi Campbell, Tatjiana Patitz, Cindy Crawford y Christy Turlington, la camada más temperamental de las pasarelas: «Nosotras no estamos de moda. Somos la moda», proclamaba.
Linda batió récords con el acuerdo de manutención logrado para su hijo cercano a los 46.000 dólares mensuales firmado con su exnovio, el multimillonario François-Henri Pinault y actual marido de la actriz Salma Hayek. Encarnó tiempos de champán, excesos y stilettos escalofriantes y, cuando su estrella parecía que comenzaba a declinar, probó suerte como cantante pop. A los 50 años recién cumplidos, Linda maneja mejor que nadie el presente para definirse como lo que verdaderamente es: un mito de la moda. Muda su piel, pero mantiene la esencia de siempre. Sobrevive al paso del tiempo. Lo mismo realiza colecciones para Moschino que anuncia gafas de Chanel o protagoniza la campaña de la nueva línea de make-up de Dolce&Gabbana, con los que le une una íntima amistad. «Me encanta la visión que tienen de la mujer. Conozco a Domenico y Stefano desde hace tres décadas y se nota que nos adoran. Sospecho que algunos diseñadores no quieren a las mujeres», confesó a la revista Elle.
Evangelista ha sido una modelo de primera clase todo el tiempo. Karl Lagerfeld la definió como un Stradivarius: «Un instrumento que suena como ningún otro al tocarlo». Fue la musa de Azzedine Alaïa y la protegida de Gianni Versace, al que curiosamente apenas conoció: «Lo veía en los ensayos y en la cena posterior a los desfiles. Punto. Me parecía un tipo muy serio que me daba miedo», recuerda. La exodelo mantuvo en secreto durante cinco años la paternidad de su pequeño, Augie. Enemiga de las redes sociales «ni siquiera estoy en Facebook y quizá debería hacerme una cuenta en Twitter para corregir todo lo falso que se publica sobre mí», le preocupa la cantidad de «basura» que se publica sobre su vida.
«Jamás he tomado cocaína»
No le «duele» por ella, sino por su hijo, que cuando sea mayor «va a poder ver escrito todo lo que se ha dicho», se lamenta la maniquí, que reniega de la injusta fama de noctámbula que le ha perseguido toda su carrera. «Jamás he probado la cocaína y nunca he sido asidua de las fiestas. Ni me gustaban ni tampoco podía asistir a ellas porque siempre estaba trabajando». No le duelen prendas reconocer los problemas de bastantes compañeras con las drogas. «En los 90, muchas faltaban a las sesiones. Siempre ponían la excusa de que les había sentado mal una ostra y yo creía: ¡Caray, qué peligrosas son las ostras! Hasta que al final me di cuenta de que ahí pasaba otra cosa. A mí no me sentó mal una ostra jamás. Ni ostras ni coca», matiza.
Siempre ayudó a las colegas que pasaron apuros. Aunque nada como el capote que le echó a Naomi Campbell, junto a Turlington, al plantarse contra los diseñadores que se negaban a trabajar con ella por ser negra. «Si no contratas a Naomi, no nos tendrás a nosotras», advirtió cuando todavía estaba casada con Gerald Marie, el presidente de Elite Models, la agencia más importante del mundo. Eran días en los que Evangelista era la linda y poderosa modelo que manejaba la industria de la moda a su antojo. La misma que se morreaba con Naomi o bebía champán y se fumaba un puro dentro de una bañera de mármol. Jamás se arrugó. Ni siquiera cuando a los 16 años le aconsejaron que se olvidara de las pasarelas. El mismo día que perdió el concurso de Miss Teen Niagara un ojeador de Elite la echó el lazo. Se cortó el pelo llegó a transformar el color del cabello hasta 17 veces en cuatro años y posó para los fotógrafos más reputados: Richard Avedon, Irving Penn y Peter Lindbergh. Cada uno la modeló a su manera. Por algo se la conocía como la modelo de las mil caras.
«Ni coger un alfiler»
Hace tiempo que se retiró de las pasarelas, pero no de la industria de la belleza. Sigue copando vallas publicitarias y se muestra tan lenguaraz como de costumbre. «Hoy en día hay diseñadores que no saben ni cómo se coge un alfiler. Simplemente dibujan un concepto y alguien lo hace realidad por ellos», recordaba hace años a Vanity Fair. De poder cambiar algo, reconoce que quizás se habría tomado la vida de otra manera y «hubiese vivido más». Pero ni por asomo sopesa una posible vuelta a las pasarelas: «Soy demasiado consciente de lo que ocurre a mi alrededor. Cuando voy a sesiones de caras nuevas, advierto una frescura en la forma que tienen de posar que es emocionante», afirma la maniquí, a la que se atribuye la autoría del término top model, aunque ella lo desmiente
Tras la muerte de su padre, a principios de 2014, «con solo 25 años más que yo», Linda descubrió que no tenía miedo a envejecer y lo entendió todo. «El maquillador Kevyn Aucoin estaba obsesionado con las arrugas y nunca las tuvo porque falleció a los 40 años. Yo quiero hacerme mayor. Quiero tener buen aspecto, pero no me apetece parecer siempre joven», reflexiona.
Publicidad
Publicidad
Te puede interesar
Publicidad
Publicidad
Te puede interesar
España vuelve a tener un Mundial de fútbol que será el torneo más global de la historia
Isaac Asenjo y Álex Sánchez
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia
Comentar es una ventaja exclusiva para suscriptores
¿Ya eres suscriptor?
Inicia sesiónNecesitas ser suscriptor para poder votar.