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IRMA CUESTA
Sábado, 18 de mayo 2019, 08:43
Hace tiempo que las alas de Victoria's Secret han dejado de batir con la alegría con que lo han hecho a lo largo de las últimas décadas. Con el universo femenino rendido ante las curvas de Beyoncé y los glúteos de Kim Kardashian, y el movimiento #MeToo en plena efervescencia, la primera firma minorista de lencería del mundo desde 2006 hasta 2016 parece estar en caída libre.
La prueba definitiva de que un agujero negro amenaza con engullir esa galaxia poblada por ángeles, creada en los años setenta por Roy Raymond, ha sido el reciente anuncio de la suspensión del desfile anual; un evento que hasta hace muy poco estaba considerado como una de las citas indiscutibles del poderoso universo de la moda.
Victoria's Secret informó hace apenas unos días de que en el futuro prescindiría de la televisión para retransmitir su mítico evento. Lejos quedan los años en los que esa pasarela colgada de las nubes atesoraba hasta 9,7 millones de espectadores repartidos por todo el mundo, convertida en uno de los negocios más provechosos del planeta. Lex Wexner, el director ejecutivo de Limited Brands, actual propietaria de la marca, ha anunciado que la firma cancela el show televisado «a favor de nuevos formatos que cubran las necesidades actuales de los seguidores».
Hace tiempo que los nubarrones se concentran en esa parte del cielo. Con unos ingresos operativos en el primer trimestre de 2018 de 154,8 millones de dólares frente a los 209,2 millones de ese mismo periodo del año anterior y decenas de tiendas cerrando casi a diario, los expertos señalan a la escasa capacidad de adaptación de la marca como el principal culpable de la debacle. «Ha tenido el mismo posicionamiento durante décadas, asociando lo sexy con las supermodelos, y, simplemente, eso ya no funciona», aseguraba hace pocos días el analista norteamericano Jefferies Randal Konik. Las cuentas de resultados del gigante lencero encogen a toda velocidad -las acciones acumularon, a final de 2018, una pérdida de casi un 50%-; tanto como para que la revista especializada 'Business of Fashion' afirme que actualmente su valor residual es escaso. «Victoria's Secret y la submarca deportiva Pink sufren un derrumbe a gran escala, una incapacidad total para la fijación de precios y una pérdida continua del valor de las acciones».
Una idea genial
Un panorama aterrador para una firma que nació el día en el que Roy Raymond, un alumno de la Escuela de Negocios de Standford, se cansó de sentirse incómodo cada vez que buscaba lencería para regalarle a su mujer y decidió abrir una tienda en la que cualquier hombre pudiera rebuscar entre bragas y sujetadores sin avergonzarse por ello.
Desde la compañía reconocen que ha llegado el momento de hacer borrón y cuenta nueva. «La moda es un negocio de cambio. Debemos evolucionar para crecer. Con esto en mente, hemos decidido repensar el tradicional desfile de Victoria's Secret. En 2019, y de aquí en adelante, nos centraremos en el desarrollo de contenido emocionante y dinámico que se difundirá entre nuestros clientes en otras plataformas pegadas a la actualidad», ha anunciado el director ejecutivo de la compañía, confirmado el fin de una era.
La realidad es que Victoria's Secret, bautizada así en honor de la reina Victoria de Inglaterra, lleva tiempo ante la tesitura de evolucionar o morir. En una época en la que, por más que a cualquiera mujer le encantaría haber nacido con las medidas de Gisele Bündchen, el canon de belleza parece volver a tomar tierra y las mujeres apuestan por deshacerse de sus ataduras, el modelo de esos ángeles de alas imposibles y sujetadores de millones de euros resulta caduco.
El año pasado, mientras el emblemático Empire State Building de Nueva York se preparaba para acoger el que todo apunta que será él último desfile de la marca, llovieron las críticas como nunca antes había pasado. «La sociedad ha cambiado. Victoria's Secret no», titulaba la revista 'Business of Fashion' apuntando a que el cuerpo de la mayor parte de las mujeres que pueblan el planeta no es -ni será nunca- como el de esa brigada celestial de modelos angelicales de 1,85 de altura y 55 kilos que agitan sus alas sobre la pasarela.
Fuego en las alas
Fue también en aquel momento cuando la modelo 'curvy' Robyn Lawley decidió encabezar la campaña #WeAreAllAngels (todas somos ángeles). El objetivo era recordar a la marca la responsabilidad de presentar modelos de todas las formas y tamaños, especialmente después de que Ed Razek, director de marketing de la compañía, asegurara a 'Vogue' que no estaban dispuestos a cambiar y mucho menos a introducir en el desfile a profesionales transgénero.
De poco sirvió que más tarde se disculparan públicamente y negaran que Victoria's Secret busque únicamente maniquíes delgadas y cisgénero. Como si se hubieran propuesto precipitarse hacia el desastre, apagado un fuego encendieron otro, dejando sus alas aún más chamuscadas. Hace solo unas semanas, la empresa se ha vuelto a colocar en el punto de mira al anunciar, presionada por las circunstancias, que incluiría a una modelo 'curvy' entre sus estrellas. La idea habría sido buena si no fuera porque la elegida, la guapísima Barbara Palvin, reparte sus 55 kilos en 175 centímetros de altura, plataformas aparte. Un concepto muy particular de lo que es estar por encima del peso ideal.
Los analistas, por otra parte, coinciden en que Victoria's Secret sigue siendo una marca muy relacionada con la sensualidad, un posicionamiento arriesgado en una época en la que cada vez más mujeres se decantan por la comodidad. Parece que los sujetadores con relleno y los tangas minúsculos ya no encuentran atractivo para una potencial compradora que cree que el éxito de la marca estriba en vender una imagen de sexualidad femenina empacada, plastificada y muy poco real. En una sociedad que demanda cada vez más mensajes positivos y de aceptación, muy pocas personas de carne y huelo alcanzan los ideales estéticos que representan estos seres angelicales. Ya lo ha advertido el 'Financial Times': «Victoria's Secret se está quemando y el mercado ya huele el incendio».
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