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Las autoridades sanitarias de Estados Unidos y Europa han vuelto a chocar sobre qué medicamentos deben llegar a los pacientes y cuáles no. La divergencia, ... por el momento, no tiene que ver con el polémico secretario de Salud elegido por Trump, Robert Kennedy junior, un declarado antivacunas que cuando aspiraba a la presidencia había elegido como vicepresidente a Aaron Rodgers, una leyenda del fútbol americano que rechazó inmunizarse contra el covid y que tiene por costumbre participar en ceremonias de ayahuasca. El enfrentamiento viene de antes y ha vuelto a manifestarse ahora con el último tratamiento comercializado contra el alzhéimer. En concreto, por un fármaco llamado donanemab, que fue aprobado al otro lado del Atlántico en julio del año pasado y la Agencia Europea del Medicamento (EMA) ha rechazado.
«La Agencia Europea de Medicamentos ha recomendado la denegación de la autorización de comercialización de Kisunla -el nombre comercial de donanemab-. La empresa que solicitó la autorización podrá solicitar una reevaluación del dictamen en un plazo de 15 días a partir de su recepción», señala el comunicado de la EMA. A diferencia de las autoridades estadounidenses, las europeas consideran que los riesgos del fármaco superan a sus beneficios. En este caso, el riesgo se llama Aria, una hinchazón y sangrados en el cerebro que surgen al administrarlo. Según los datos de los estudios clínicos, el 36% de los pacientes que tomaron Kisunla presentaron estos síntomas frente al 14,9% de los que tomaron placebo. Incluso se registraron tres muertes.
«Tanto la FDA como la EMA analizan el riesgo-beneficio. A ambas se les presentan datos comparables. Tradicionalmente, al menos en el área de las enfermedades neurodegenerativas, en Estados Unidos van más rápido», asegura Nora Bengoa, investigadora Ikerbasque del Achucarro Basque Center of Neuroscience. «Son más recelosos porque las garantías de eficacia no son muy marcadas y la seguridad es discutible. Primero es la seguridad y después, la eficacia», afirma Javier Ruiz Martínez, neurólogo en el Hospital Universitario Donosti. «En Europa somos más conservadores en ese sentido. Además son fármacos muy caros y en Europa generalmente están financiados. Si los beneficios no son claros, no se aprueba», confirma María Josefa García Bragado, profesora de Farmacología de la Universidad de Salamanca.
Básicamente los tratamientos contra el alzhéimer se dividen entre los que tratan de mantener intactas las células cerebrales que todavía no se han visto afectadas por la enfermedad y los que buscan eliminar la acumulación de proteínas -la tau, en forma de ovillos, y la beta-amiloide, en forma de placas- que provocan el deterioro cognitivo. Entre los primeros, uno de los más habituales es el Alzerta, unos parches destinados a retrasar la pérdida de memoria. Donanemab forma parte de los segundos. Se trata de una proteína de laboratorio -técnicamente se llaman anticuerpos monoclonales- que se fija en las placas de beta-amiloide para que las defensas del cuerpo puedan eliminarlas.
Lo ocurrido con este medicamento recuerda a lo sucedido con el polémico aducanumab, el pionero de esta familia de fármacos. Admitido por la FDA en 2021, supuso una revolución al tratarse del primer tratamiento aprobado en dos décadas. Sin embargo, Europa se opuso. Nunca se despejaron las dudas sobre su eficacia real y su coste se disparaba a los 40.000 dólares. Biogen, la farmacéutica que lo creó, decidió retirarlo para «priorizar sus recursos de la enfermedad de Alzheimer».
A finales del año pasado surgió de nuevo la cuestión con el lecanemab, otro anticuerpo monoclonal creado por la misma Biogen. Estados Unidos lo aprobó en enero de 2023 mientras que Europa lo rechazó. La EMA daría finalmente su brazo a torcer -con restricciones- en noviembre del año pasado ante la presión de muchos expertos y pacientes, que veían cómo no podían acceder al único tratamiento que ha demostrado cierta eficacia contra el avance de la enfermedad cuando esta se encuentra en su estadio inicial.
¿Cuál es la diferencia entre ambos? «Los dos atacan las placas de beta-amiloide -en realidad, las placas son un conglomerado de desechos entre los que están esta y otras muchas proteínas, lípidos, fragmentos de membranas…-, pero el lecanemab tienen dianas más pequeñas», explica la experta vasca. También divergen en su seguridad. Los datos muestran que el riesgo de Aria con el donanemab prácticamente doblan el de su antecesor. «Ha sido una sorpresa. Se hablaba de que iba a ser más seguro», dice Ruiz.
«Ambos ralentizan, no paran, el deterioro cognitivo. Si lograran pararlo, habría más razones para asumir riesgos», concluye Bengoa. Se calcula que 57 millones de personas sufren la más común de las enfermedades neurodegenerativas, cifra que se espera se triplique en el año 2050.
A la hora de abordar la aprobación de estos fármacos de última generación, los costes son un factor muy a tener en cuenta. El tratamiento al año asciende a unos 40.000 euros, a lo que se ha de añadir que conllevan «un cambio logístico brutal. El lecanemab se administra por vía intravenosa cada 15 días en el hospital, requiere de un proceso de selección muy intenso, así como de un seguimiento igualmente intenso con resonancias cerebrales», destaca Javier Ruiz. El especialista remarca además que el lecanemab no se administra ni al 10% de los pacientes con alzhéimer, ya que solo pueden acceder al fármaco los enfermos que no tienen la copia de un gen que les hace proclives a sufrir efectos secundarios.
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