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Un circo sin carpa es un circo desnudo. Como con el alma perdida. Sin risas ni aplausos. La pista circular y azulona está vacía y suena como a pasos perdidos. Las torretas con las banderas de España parecen algo extraño, como un pato en el Manzanares. Las caravanas paradas son torpes, como un suicida sin vocación. Todo es absurdo, como un belga por soleares. Y vacío, como una isla sin Robinson.
La última hora de granada
Es la historia reciente del Circo Apolo, una empresa familiar que también ha sufrido las consecuencias que causa el coronavirus. El del aislamiento y el paro. Quedarse a dos velas. No lejos de casa, porque la llevan a cuestas, pero sin dinero en una tierra que no es la suya.
Juan Alcázar y su mujer, Patricia Bügleer -habría que haberla visto en sus mocedades, bailando sobre la cabeza de un elefante en su Alemania natal-, toman café en una mesita sobre la yerba alta que crece en torno al campamento.
Compuesto por un par de caravanas, varios remolques y unas cuantas furgonetas, forman un asentamiento donde en su zona central está la pista .Con sus torres y sus gradas a medio montar. Hay cachivaches por todas partes y da la impresión de que, en un zis zas, la magia del circo puede empezar.
Juan y Patricia viven aquí, en Pinos Genil, con su hija Jessica y su novio Junior. Ambos trabajan en el circo y son equilibristas y cómicos. Falta el otro hijo de la pareja, que trabaja en otro circo en Vélez Málaga.
«Llegamos la semana del 9 de marzo y pensábamos estrenar el viernes 13», explican. «Fue cuando todo se aceleró, se declaró el estado de alarma y nos quedamos sin función, sin ingresos y sin comida».
El futuro era algo más que una incertidumbre. Hasta que llegó a oídos del alcalde de Pinos Genil, el independiente Gabriel Gómez Mesa. «No tenían ni para comer. Así que les abrimos con cargo a la partida del Ayuntamiento cuenta en el supermercado del pueblo. Luego, a través de Susana, la asistenta social, se han puesto en contacto con Cruz Roja y tienen cheques de comida para canjearlos en los supermercados Covirán. Y así van tirando, poco a poco», cuenta.
Suena de repente un bocinazo. Es Juanma, con su furgoneta de la panadería Maribel. Sale con una sonrisa y una bolsa llena de barras. «Vengo todos los días a traerles el pan. Es un alimento que llena mucho, pero más te llena lo agradecidos que son».
A Juan, jefe circense, hijo, nieto y padre de artistas, se le caen dos lagrimones cuando recoge la bolsa con los panes. Con todos los tiros pegados que tiene y los kilómetros que lleva echados encima, se le deshacen los centros cuando comprueba, una vez más, otro día más, que Pinos Genil entero cuida de su familia. Unos con pan, otros con unas cervezas, otros con una simple visita a ver qué tal están.
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Una vez que el presente está medio solucionado, queda el futuro. El Circo Apolo venía de Cenes de la Vega y se dirigía a Güéjar Sierra. Ahora, no saben muy bien qué pasará. «La carpa, la carpa me da a mí que no la vamos a volver a montar por esto del virus. Actuaremos al aire libre».
Algo que desean que sea lo antes posible y que «será gratis para todo Pinos Genil. Estamos tan agradecidos que mientras yo viva, tendrán siempre una función gratis». Magia Potagia.
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